Nunca más, Auschwitz, nunca más

Todavía se puede sentir el dolor de millones de personas al entrar a Auschwitz, que en sí es un conjunto de distintos campos de concentración que fueron utilizados por el Ejército Nazi para concentrar a personas en su mayoría judía pero también Testigos de Jehová, Mormones, homosexuales, gemelos, discapacitados y en general cualquiera que no fuera parte de la denominada raza aria.

Todo comenzó… bueno, es difícil decir exactamente cuándo comenzó, pero lo hizo, y de un día a otro los judíos en Alemania tenían que portar una estrella de David amarilla en sus ropas, luego fueron los polacos, luego fueron un millón de personas que terminaron muertas antes y durante la Segunda Guerra Mundial.

A 75 años de su liberación, Auschwitz sigue ahí, y siguen aquí el racismo, y los campos de concentración, ahora en la frontera de Estados Unidos, y desde hace unos días en la de México con Guatemala. A 75 años de que la peor atrocidad humana desapareciera, los sobrevivientes, muy pocos realmente, piden que no se olvide. Que no se olvide el gas en las cámaras, que no se olvide la esterilización de las mujeres, que no se olviden las marcas de números, que no se olvide.

En medio de Birkenau, un área de 175 hectáreas en donde los prisioneros eran forzados a trabajar sin comer por días enteros, muchas veces hasta la muerte, esta semana regresaron sobrevivientes para suplicar no permitir que se repita la historia. “Estamos aquí para relatar la pesadilla que se vivió en Auschwitz, ese es nuestro legado al mundo”, afirma la polaca-rusa Lidia Turovskaya, mientras que Anna Dabrowska indica: “No me canso de contar lo que vivimos en Auschwitz, y lo seguiré haciendo con voz firme mientras tenga fuerzas porque sé que esa es mi obligación”.

Auschwitz, a unos 43 kilómetros de Cracovia, fue la creación de de Heinrich Himmler, quien colocó al terrible Rudolf Höss como director hasta el verano de 1943 y posteriormente a Arthur Liebehenschel y Richard Baer. Ahí ocurrieron las peores atrocidades, y la prueba física de lo que los seres humanos somos capaces de hacerte a otro ser humano.

“Recuerdo cuando llegué por primera vez a Auschwitz. Bajé del tren de transporte con mis padres y mis hermanos, a los que no volví a ver porque fueron directamente a la cámara de gas. Aunque entonces yo no sabía qué era eso de la cámara de gas, nadie lo sabía”, recuerda Benjamin Lesser, otro de los sobrevivientes durante las actividades de la conmemoración.

“El doctor (Josef) Mengele (el célebre médico de las SS conocido por sus experimentos con seres humanos) me preguntó si yo podía trabajar, y yo respondí que sí. Tenía 15 años y mi capacidad de trabajar fue lo que me salvó la vida”, afirmó.

En México también hay personas que pasaron por ese infierno, como una pintora a la que llaman Buba, y que fue entrevistada esta semana por El Universal. Con 93 años la memoria ya le falla, pero al ver sus obras recuerda su paso por el gueto, que “nos trataban como animales, como ganado”, y que el estar junto a su hermana Itzu, y haber llegado a los campos hasta 1944 le salvó la vida, porque tres meses después el ejército ruso los liberaría.

Dicen que quien no recuerda su historia está condenado a repetirla, y es verdad. Si dejamos que con la muerte de los últimos sobrevivientes se pierda lo ocurrido, permitiremos que vuelva a pasar. Nunca más, Auschwitz, nunca más.